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Contar historias no es solo un recurso narrativo: es una forma natural de aprender. Desde tiempos inmemoriales, las culturas han transmitido saberes, valores y advertencias a través de relatos. El cerebro humano está diseñado para prestar atención a las historias, conectar emocionalmente con los personajes y extraer sentido del mundo a través de la narrativa.

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Storytelling para atraer la atención

Cuando un docente transforma un contenido en relato —con conflictos, personajes, emociones y desenlaces— ocurre algo casi mágico: los estudiantes se involucran. Lo que antes era información abstracta o fragmentada cobra vida. La atención, que es la puerta de entrada al aprendizaje, se abre.

Pero el poder del storytelling va mucho más allá de «hacerlo más entretenido». Las historias estructuradas permiten organizar el pensamiento, dar contexto y favorecer la comprensión profunda. Además, al conectar ideas nuevas con experiencias emocionales, se mejora la retención a largo plazo. Va directo al hipocampo!

Una vía hacia el pensamiento crítico

Contar historias no solo transmite contenidos: también provoca preguntas. ¿Qué haría yo en el lugar del personaje? ¿Por qué tomó esa decisión? ¿Qué otras alternativas había? A través del análisis de historias, los niños y adolescentes aprenden a ponerse en el lugar del otro, detectar sesgos, identificar causas y consecuencias.

Al ser expuestos a diferentes puntos de vista, estructuras narrativas y finales abiertos, desarrollan habilidades esenciales para el pensamiento crítico: interpretar, cuestionar, contrastar, argumentar. Las historias invitan a pensar más allá de lo evidente.

La imaginación como músculo del futuro

El storytelling también es una invitación a imaginar. En un tiempo donde la creatividad será una de las habilidades más demandadas, ofrecer espacios donde los estudiantes puedan crear sus propios relatos, personajes o mundos posibles es invertir en su capacidad de innovar. Narrar y escuchar historias estimula el pensamiento divergente, el juego simbólico y la empatía. Y todo esto es terreno fértil para formar personas más flexibles, sensibles y preparadas para un futuro incierto.

¿Por dónde empezar?

Incorporar el storytelling no requiere grandes cambios ni recursos extraordinarios. Puede comenzar con una anécdota personal, una historia ficticia relacionada con el tema, o una pregunta provocadora que invite a «imaginar qué pasaría si…».

El reto está en atreverse a narrar, a crear climas emocionales y a confiar en el poder de las palabras bien contadas.